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¿Cuál es la postura de la Iglesia frente a la teoría de la evolución?
Durante el siglo XIX el científico Charles Darwin propone una nueva concepción que vendría a romper con las ideas que se tenían hasta el momento sobre la aparición de la vida en la Tierra y su desarrollo: la teoría de la evolución de las especies.
Una de las objeciones que levanta esta propuesta es la de base religioso-filosófica. Dado que los preceptos eclesiásticos definen el origen de la vida como un acto creacionista, donde Dios es el artífice de todo lo vivo y el alma humana es una suerte de don espiritual, resulta marcadamente contrapuesto defender que todo el desarrollo biológico no ha sido más que un proceso ininterrumpido de selección natural, de la cual el ser humano representa su peldaño superior.
Hoy vamos a esbozar sucintamente los argumentos de la teoría evolutiva y cuál ha sido la postura de la Iglesia frente a esta.
¿Qué plantea la teoría de la evolución?
Aunque la teoría de la evolución ha sido desarrollada durante muchos años por diversos estudiosos a través de críticas, reinterpretaciones y correcciones que definen cualquier labor científica, en esencia sus argumentos fundamentales son:
- La vida en la Tierra se originó y evolucionó a partir de un ancestro común hace más de 3 mil millones de años.
- Las poblaciones biológicas varían sus características hereditarias a lo largo de sucesivas generaciones, lo que da lugar a una diversidad en los distintos niveles de organización (moléculas, individuos, especies).
- La especialización de las especies está determinada por la selección natural, cuando un miembro de una población muere, se le reemplaza por la progenie mejor adaptada a las condiciones ambientales.
- Existen otras causas que influyen en la evolución, como las mutaciones o alteraciones genéticas.
Postura de la Iglesia frente a la teoría evolutiva
Desde la publicación de la obra El origen de las especies de Charles Darwin, hasta la actualidad la Iglesia ha ido refinando su posición respecto a la teoría evolutiva. En los primeros momentos esta institución no se pronunció oficialmente en contra, a pesar de las consideraciones de algunos clérigos. Con el pasar del tiempo, la Iglesia permitió que las academias estudiaran las implicaciones científicas del evolucionismo, siempre y cuando no atacaran sus dogmas fundamentales.
Es conocido que el propio creacionismo dentro de la Biblia ha resultado siempre un tema de debate entre los estudiosos eclesiásticos. Las personalidades más avanzadas han defendido la idea de que el Génesis no debe ser leído literalmente. Por tanto la idea de que el mundo ha sido creado en 6 días pudiera ser un símbolo más que un dato real.
Luego de haber eludido una respuesta oficial al tema durante más de un siglo, la Iglesia moderna comenzó a mostrar una postura no oficial, que se conoce como evolucionismo teísta o creacionismo evolutivo, según la cual la fe y los hechos científicos en relación con el ser humano no están necesariamente en conflicto. Dios habría así creado el proceso evolutivo, dentro del cual el hombre sería un aspecto especial, al cual se le habría concedido un espíritu.
El axioma fundamental de la Iglesia es que Dios es el creador del universo a partir de la nada. No niega que se haya producido en el planeta un desarrollo de formas variadas de vida a través del tiempo, sino que este proceso ha sido planeado y guiado por este hacedor inteligente, con un propósito determinado solo conocido por él. Sin embargo, en cuanto al ser humano, aunque no niega su evolución biológica, sí insiste en el valor singular de su alma como creación divina. Esta no evoluciona ni se hereda, como sucede con nuestro cuerpo.
La Iglesia entonces no refutaría la teoría evolutiva en sí, sino el evolucionismo ateo, o sea, la idea de que el universo, la vida en la Tierra y el ser humano, incluyendo el plano de su espíritu, no son creaciones de Dios.
Actualidad
Las figuras más representativas del Vaticano en los últimos años, el Papa Juan Pablo II y Benedicto XVI, han aceptado la validez de los descubrimientos científicos, como el hecho de que todos los organismos vivos en el planeta están genéticamente relacionados, lo que revela su descendencia de una forma primigenia. La gradual evolución es aceptada, aunque la Iglesia actual no se pronuncia sobre cómo Dios ha guiado el proceso.
En conclusión, podríamos ver que hay tres posiciones posibles: un evolucionismo ateo, sin la existencia de un Dios creador, un creacionismo instantáneo o fijismo, que niega la gradual evolución de las formas, y un creacionismo evolutivo, que admite el desarrollo del universo y la evolución de la vida de la mano de Dios, así como la creación especial de un alma manifestada en el ser humano, postura a la cual la Iglesia se adscribe en la actualidad. El debate, no obstante, seguirá abierto.
Los homínidos eran más recolectores que cazadores
Las semejanzas entre los chimpancés y los humanos son impresionantes. Basta ver la cara de abatimiento de un chimpancé en algunas situaciones o la euforia y adrenalina vivida en otras para darse cuenta de que las reacciones que pueden registrarse en ellos son muy similares a las que los seres humanos tenemos.
Esta realidad es la que le ha hecho especular a Adriana Hernández-Aguilar, antropóloga de la Universidad de California, sobre la posibilidad de que los seres humanos tuvieran los mismos hábitos y tendencias alimenticias que los chimpancés.
Observando a estos animales en la sabana de Tanzania, Hernández-Aguilar y su equipo lograron comprobar que los chimpancés prefieren las raíces, tallos y tubérculos en lugar de la carne, y que, al contrario de lo que se creía, no utilizan los primeros sólo en caso de emergencia, pues se los observó durante la estación lluviosa (cuando el alimento prolifera) y continuaron con sus hábitos alimenticios de la misma forma que en otras estaciones.
Es así como la antropóloga y su equipo de investigadores han considerado viable la inferencia respecto a que existe un patrón directo entre las conductas alimenticias actuales de los chimpancés y las de nuestros antepasados homínidos en relación a la preferencia de estos alimentos ante la carne.
Esto no quiere decir que los homínidos no fueran carnívoros, sino que (basándonos en el estudio) el pensamiento de que nuestros ancestros eran más recolectores que cazadores tiene un lugar que reclamar. Probablemente comían patatas con carne y no carne con patatas.
De todos modos no hay nada demostrado fehacientemente, pues es evidente que las investigaciones correspondientes a la antropología y a la arqueología demandan mucho tiempo y recursos para concluir cosas con base en evidencia sólida. No obstante, esta especulación parece bastante interesante y novedosa, lo cual la hace meritoria de mención.
¿Restos de meteorito o excremento de dinosaurio?
Si tuvieran que elegir entre un meteorito gigante de más de 4.500 millones de años y dos hermosas piezas de excremento fosilizado de dinosaurio, ¿con qué se quedarían?
Resulta que se ha realizado una importante subasta en Nueva York, en la sede de la casa Bonhams. Allí, entre varias cosas, se subastaban dos elementos de incalculable valor científico.
El primero era el meteorito Fukang, de más de cuatrocientos kilos de peso, que se estrelló contra la superficie terrestre hace aproximadamente unos 4.500 millones de años.
El segundo elemento a subastarse eran dos heces de dinosaurio fosilizadas de unos 130 millones de años de antigüedad. Verdaderas reliquias prehistóricas con forma rocosa. Una de ellas en bruto, la otra, pulida y cortada a la mitad para que podamos apreciar su interior con lujo de detalles.
Adivinen cuál de los dos elementos prehistóricos fue vendido y cuál no… Así es, los coprolitos jurásicos ya tienen un nuevo dueño mientras que el valiosísimo meteorito continúa en manos de su desilusionado dueño, Marvin Kilgore, quien minutos después de la subasta declaró a la prensa: “Me temo que hay gente que prefiere tener heces en su estantería”, una afirmación popular entre los vendedores fracasados pero que jamás describió con mayor detalle la cruda realidad.
1 ago 2012
Posted by Unknown



